Julio 2, 2008

Jornada Mundial de la Juventud 2008

ZS08070214 - 02-07-2008
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Nace una plataforma multimedia para la Jornada Mundial de la Juventud

 

www.wydcrossmedia.org

 

 

ROMA, miércoles, 2 julio 2008 (ZENIT.org).- “Todos para uno, uno para todos” es el eslogan que ha juntado a realidades como Catholic.net, Zenit, el Centro Televisivo Vaticano, Donboscoland (Movimiento Juvenil Salesiano ), H2onews, Korazym, el Movimiento de los Focolares, Radio Vaticano, o la agencia Reuters… para ofrecer, a través de Internet, un servicio de comunicación unificado sobre la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney (15-20 julio 200 8) disponible en www.wydcrossmedia.org.

El sitio acumula noticias y contenidos multimediales dentro de una página y permite bajar un visualizador de vídeos (player), integrable en cualquier sitio o utilizable como programa en el propio ordenador. De este modo, en tiempo real, se podrán recibir contenidos de vídeo, audio, y noticias sobre el acontecimiento australiano.

Para bajar gratuitamente el player, o integrarlo dentro del propio sitio, es necesario registrarse y aceptar el reglamento que garantiza un uso no comercial.

El sitio agregador comienza en español, inglés, francés, italiano y portugués.

En Australia estará presente una pequeña task force de jóvenes de estas realidades que utilizará las más modernas técnicas para favorecer la participación de los chicos y chicas que no estarán presentes en Sydney: desde vídeos en vivo enviados directamente de los celulares, a los vídeos de grabación en 360 grados (una novedad tecnológica absoluta) que ofrecerán una visión del evento única en su género.

Para mas información: www.wydcrossmedia.org

Julio 2, 2008

Creación y Evolución

ZS08070107 - 01-07-2008
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Creación y evolución, el libro del Papa y sus alumnos publicado en español

 

Sobre el encuentro de Benedicto XVI en Castel Gandolfo

 

 

BARCELONA, martes 1 de julio de 2008 (ZENIT.org).- En julio de 2005, el cardenal arzobispo de Viena, Christoph Schönborn, publicó en el “New York Times” un artículo en defensa de la teoría del diseño inteligente que generó un debate de resonancia mundial. El Papa le encargó que abordara con mayor detalle la pugna entre evolucionismo y creacionismo, y asimismo solicitó a su círculo de antiguos alumnos que debatiera acerca de esta cuestión.

Ahora ha salido en español el libro (original en alemán), que documenta el encuentro en verano de 2006 en la residencia pontificia de Castel Gandolfo sobre esta discusión.La edición ha sido preparada por Stephan Otto Horn y Siegrfried Wiedenhofer y en español ha sido editada por la Editorial Claret (www.claret.es) de Barcelona, que también lo ha publicado en catalán. Es la primera vez que se publican en castellano las actas de una reunión de la Escuela de Antiguos Alumnos del profesor Ratzinger.

Sus antiguos alumnos forman la llamada “Ratzinger Sculerkreis” y siguen manteniendo el contacto con su antiguo profesor de teología y celebran un encuentro anual con él.

Incluye las ponencias que se presentaron, a favor de una u otra teoría, desde los ámbitos de la biología, la filosofía y la teología, así como el debate posterior en la cual participó el Papa en numerosas intervenciones.

En una de ellas el Papa dijo: “En último término, llegamos a la siguiente disyuntiva: qué hay en el origen: ¿la razón creadora, el Espíritu creador, causa de todas las cosas y de su desarrollo, o la irracionalidad, que, aunque falta de razón, curiosamente produce un Cosmos matemáticamente ordenado, así como también el ser humano y su razón? Pero entonces la razón humana no sería más que un resultado casual de la evolución y, por tanto, en último término, también algo irracional. Nosotros, los cristianos, decimos: Creo en Dios, creador del cielo y de la tierra, creo en el Espíritu creador. Nosotros creemos que es la Palabra eterna, la razón, lo que se encuentra en el origen, y no irracionalidad”.

Los ponentes de 2006 fueron Peter Schuster, profesor del Instituto de Química Teórica de la Universidad de Viena, Robert Spaemann, profesor emérito de la Universidad Ludwig Maximilian de Munich, Paul Erbrich, SJ, profesor de la Escuela Superior de Filosofía de Munich y Christoph Schönborn, cardenal arzobispo de Viena.

Junio 27, 2008

Comunión de Rodillas y en la boca

 

El Papa seguirá distribuyendo la

comunión de rodillas y en la boca

 

Explica el maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias

 

 

CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 26 junio 2008 (ZENIT.org).- Benedicto XVI distribuirá habitualmente la comunión a los fieles de rodillas y en la boca, ha anunciado el maestro de las Celebraciones Litúrgicas Pontificias.

En una entrevista concedida a la edición italiana del 26 de junio de “L’Osservatore Romano”, monseñor Guido Marini responde a quien se pregunta si el Papa mantendrá esta práctica que pudo verse en su último viaje a Italia, a las localidades de Santa María de Leuca y Brindisi.

“Creo realmente que sí –considera–. En este sentido, no hay que olvidar que la distribución de la comunión en la mano sigue siendo todavía, desde el punto de vista jurídico, un indulto a la ley universal, concedido por la Santa Sede a las conferencias episcopales que lo hayan pedido”.

“La modalidad adoptada por Benedicto XVI tiende a subrayar la vigencia de la norma válida para toda la Iglesia”, aclara.

Esta modalidad de distribución del sacramento, dice, “sin quitar nada a la otra, subraya mejor la verdad de la presencia real en la Eucaristía, ayuda a la devoción de los fieles, introduce con más facilidad en el sentido del misterio. Aspecto que en nuestro tiempo, pastoralmente hablando, es urgente subrayar y recuperar”, aclara.

A quien acusa a Benedicto XVI de querer imponer modelos preconciliares, el maestro de las celebraciones litúrgicas explica que “términos como ‘preconciliar’ y ‘postconciliar’ me parece que pertenecen a un lenguaje que ya ha sido superado y, si se utilizan con el objetivo de indicar una discontinuidad en el camino de la Iglesia, considero que son equivocados y típicos de visiones ideológicas muy reductivas”.

“Hay ‘cosas antiguas y cosas nuevas’ que pertenecen al tesoro de la Iglesia de siempre y como tales deben ser consideradas. Quien es sabio sabe encontrar en su tesoro tanto unas como otras, sin tener otros criterios que no sean evangélicos y eclesiales”.

“No todo lo que es nuevo es verdadero, como tampoco lo es todo lo antiguo. La verdad atraviesa lo antiguo y lo nuevo y a ella debemos tender sin prejuicios”.

“La Iglesia vive según esa ley de la continuidad, en virtud de la cual, conoce un desarrollo arraigado en la tradición. Lo importante es que todo esté orientado a una celebración litúrgica que sea verdaderamente la celebración del misterio sagrado, del Señor crucificado y resucitado, que se hace presente en su Iglesia, reactualizando el misterio de la salvación y llamándonos, según la lógica de una auténtica y activa participación, a compartir hasta sus últimas consecuencias su misma vida, que es vida de don de amor al Padre y a los hermanos, vida de santidad”.

Junio 27, 2008

Nota: Jesús. Aproximación histórica

ZS08062704 - 27-06-2008
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Nota de clarificación sobre el libro

“Jesús. Aproximación histórica”

 

La Comisión episcopal española sobre la obra del teólogo José Antonio Pagola

 

 

MADRID, viernes 27 de junio de 2008 (ZENIT.org).- Ofrecemos el texto completo de la nota hecha pública hoy por la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española, sobre el libro Jesús. Aproximación histórica (Editorial PPC), del teólogo español José Antonio Pagola.

 

Nota de clarificación sobre el libro “Jesús. Aproximación histórica”, del teólogo español José Antonio Pagola

 

Presentación

1. En octubre de 2007 se publicó la primera edición de la obra del Rvdo. Sr. D. José Antonio Pagola, Jesús. Aproximación histórica, PPC, Madrid 2007, 544pp. En apenas seis meses conoció ocho ediciones, con decenas de miles de ejemplares vendidos. A su creciente difusión ha acompañado una reacción de preocupación entre muchos lectores, confundidos ante planteamientos y conclusiones no siempre compatibles con la imagen de Jesús que presentan los evangelios, y que ha sido custodiada y transmitida con fidelidad por la Iglesia desde la época apostólica hasta nuestros días. La confusión provocada por tales planteamientos hace necesaria la presente Nota de clarificación.

2. Con esta Nota no se pretende juzgar las intenciones subjetivas del Autor y menos aún su trayectoria sacerdotal. La revisión del libro que el Autor ha aceptado emprender no excluye la clarificación sobre las razones que la han hecho necesaria. De este modo respondemos a nuestra obligación de ayudar a los miles de lectores de la primera versión a hacerse un juicio de la misma conforme con la doctrina católica. Esta clarificación se centrará en algunas cuestiones de tipo metodológico y doctrinal.

3. Desde el punto de vista metodológico, tres son las deficiencias principales de la obra Jesús. Aproximación histórica: a) la ruptura que, de hecho, se establece entre la fe y la historia; b) la desconfianza respecto a la historicidad de los evangelios; y, c) la lectura de la historia de Jesús desde unos presupuestos que acaban tergiversándola. Las deficiencias doctrinales pueden resumirse en seis: a) presentación reduccionista de Jesús como un mero profeta; b) negación de su conciencia filial divina; c) negación del sentido redentor dado por Jesús a su muerte; d) oscurecimiento de la realidad del pecado y del sentido del perdón; e) negación de la intención de Jesús de fundar la Iglesia como comunidad jerárquica; y, f) confusión sobre el carácter histórico, real y trascendente de la resurrección de Jesús.

Cuestiones metodológicas

a) Ruptura entre fe e investigación histórica

4. Los escritos del Nuevo Testamento son, ciertamente, documentos de fe, pero “no [por ello] son menos atendibles, en el conjunto de sus relatos, como testimonios históricos”. Los autores sagrados no se han limitado a poner por escrito sus experiencias subjetivas en torno a Jesús, ni tampoco han recreado a la luz de la Pascua una figura diferente de la que aconteció en la historia. La verdad del relato evangélico se fundamenta tanto en la asistencia del Espíritu Santo (inspiración) como en el testimonio histórico directo: Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos (1 Jn 1, 3). Por eso la Iglesia no ha dejado nunca de confiar en la historicidad de los relatos evangélicos: “La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo”. La historicidad del testimonio evangélico no queda alterada porque se haya realizado con “aquella crecida inteligencia” nacida de la Pascua, pues los autores sagrados, aún dejando su propia impronta, “siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús”.

5. En la obra que nos ocupa:

- se asume acríticamente una ruptura entre la investigación histórica sobre Jesús y la fe en Él, entre el llamado “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe”, dando la impresión de que la fe carece de un fundamento histórico sólido. Ahora bien, si la fe de la Iglesia no tiene su fundamento en la historia, entonces el cristianismo deriva en ideología;

- parece sugerirse que para reconstruir la figura histórica de Jesús haya que prescindir de la fe, bien porque la lectura creyente de la historia sea simplemente una más entre otras posibles, bien porque se piense que la fe conduce a una deformación de la historia.

6. Sorprende también comprobar cómo en esta obra se citan con igual autoridad escritos canónicos y apócrifos (cf. p. ej. pp. 92-95). La consecuencia inevitable es la confusión sobre el valor histórico de las fuentes empleadas, así como la asunción acrítica del prejuicio liberal que considera la fe y su formulación (el dogma) como una adulteración del auténtico dato histórico. No podemos olvidar que la fijación del Canon tuvo como objetivo custodiar el testimonio auténtico sobre Jesús preservándolo de posteriores interpretaciones adulteradas.

La fe apostólica no inventó la historia de Jesús, sino que la custodió, convirtiéndose en la garantía de su autenticidad. El criterio para discernir, custodiar y transmitir la autenticidad de lo atestiguado fue su conformidad con la predicación de los apóstoles. Por eso, quien prescinde de la fe apostólica se cierra a una auténtica aproximación histórica a Jesús.

b) Desconfianza en la historicidad de los Evangelios

7. También son frecuentes en el libro las referencias al carácter no histórico de muchas de las escenas evangélicas (cf. p.ej. pp. 39, n.2; 206; 215, n. 12; 336-337; 349, n. 42; 363-364; 368; 377; 379; 429; 432) o a la dificultad para determinar si describen acontecimientos reales o invenciones de los evangelistas (cf. pp. 372-373). Se podría decir que, para el Autor, la desconfianza frente al dato de los evangelios es una condición para proceder con rigor en la investigación histórica. Esta desconfianza es consecuencia de la ruptura que se establece entre Jesús mismo (su vida y enseñanza) y el testimonio que sus seguidores dieron de Él (cf. p. 118, n.9).

c) Aproximación a la historia desde presupuestos ideológicos

8. La reconstrucción histórica realizada por el Autor alterna datos supuestamente históricos con recreaciones literarias inspiradas en la mentalidad actual, adoptando, además, el análisis propio de la lucha de clases para describir el entorno familiar, social, económico, político y religioso. El objetivo de esta descripción es situar la actividad de Jesús y su predicación del Reino en un horizonte preferentemente terreno. Así, al uso selectivo de los estudios utilizados en la redacción del libro le corresponde una utilización igualmente selectiva de las fuentes. Los relatos evangélicos son adaptaciones posteriores cuando desmienten la propia tesis; son históricos cuando concuerdan con ella. Así, por ejemplo, al describir el entorno familiar en el que Jesús niño creció, el Autor habla de la consideración que merecían los niños en la época y de la educación común que recibían: “A los ocho años, los niños varones eran introducidos sin apenas preparación en el mundo autoritario de los hombres, donde se les enseñaba a afirmar su masculinidad cultivando el valor, la agresión sexual y la sagacidad» (p. 45). El Autor viene a decir que en tiempos de Jesús a los niños se les educaba para ejercer “la agresión sexual”, pero no indica las fuentes que le llevan a tal consideración. La sociedad de la época de Jesús es descrita con expresiones como las siguientes: desigualdad «entre la gran mayoría de población campesina y la pequeña élite que vivía en las ciudades» (p. 23), fuerte presión de los impuestos, la obligación de los campesinos hacia la élite (cf. p. 24), tributos para costear «los elevados gastos del funcionamiento del templo y para mantener la aristocracia sacerdotal de Jerusalén» (p. 25), tribunales que «pocas veces apoyaban a los campesinos» (p. 29), etc. Sobre ese panorama la predicación del Reino aparece, desde una perspectiva horizontal, como liberación de la opresión social: «la actividad de Jesús en medio de las aldeas de Galilea y su mensaje del “reino de Dios” representaban una fuerte crítica a aquel estado de cosas» (p 30); el comienzo de la actividad pública de Jesús se justifica por el deseo que tiene de anunciar a las pobres gentes que «Dios viene ya a liberar a su pueblo de tanto sufrimiento y opresión» (p. 83); «aldeas enteras que viven bajo la opresión de las élites urbanas, sufriendo el desprecio y la humillación» (p. 103); el reino de Dios consiste «en la instauración de una sociedad liberada de toda aflicción» (p. 175); «lujosos edificios en las ciudades, miseria en las aldeas; riqueza y ostentación en las élites urbanas, deudas y hambre entre las gentes del campo; enriquecimiento progresivo de los grandes terratenientes, pérdida de tierras de los campesinos pobres» (p. 181). Importa advertir que el Autor, al hablar de sufrimiento y opresión, no se refiere al pecado ni al dominio del Maligno (se indicará después qué entiende el Autor por Satán [símbolo del mal: cf. p. 98], o qué son los exorcismos y el perdón de los pecados), sino a la injusticia y al poder opresor de los poderosos de este mundo, como por ejemplo, el rey Herodes, cuyo reino está «construido sobre la fuerza y la opresión de los más débiles» (p. 179). Todo el capítulo séptimo (”Defensor de los últimos”) recoge claramente esta tendencia.

2. Cuestiones doctrinales

9. El objetivo del libro Jesús. Aproximación histórica es aproximarse a la figura de Jesús desde el punto de vista histórico. El Autor desea responder a la pregunta «¿Quién fue Jesús?» (p. 5), para «saber quién está en el origen de mi fe cristiana» (p. 5).

a) ¿Quién es Jesús de Nazaret?

10. Para el Autor, el Jesús que realmente aconteció en la historia, es, ante todo, un profeta. Los capítulos 3º (”Buscador de Dios”) y 11º (”Creyente fiel”) son muy esclarecedores. Ciertamente, la obra comienza afirmando que «Jesús es la encarnación de Dios», el «hombre en el que Dios se ha encarnado» (p. 7). Esas afirmaciones aparecen también al exponer lo que los seguidores de Jesús, una vez resucitado, predican sobre Jesús. Pero conviene advertir que para el Autor todos estos modos de hablar de Jesús pertenecen a los discípulos, quienes, después de la Pascua, han buscado el nombre para Jesús acudiendo, unas veces, a la tradición judía, y, otras, a la terminología presente en el mundo pagano.

b) La conciencia filial de Jesús de Nazaret

11. Tan importante como determinar la autenticidad histórica del testimonio es determinar si el Jesucristo de la profesión de fe, realizada bajo la acción del Espíritu Santo, es conforme a la pretensión del Jesús que vivió en un determinado momento histórico. Si Jesús no se presentó a sí mismo como Dios y como Hijo de Dios, ni reclamó para sí la fe que reclamó para el Padre, la posterior confesión de fe de los apóstoles no fue más que una interpretación exagerada y, en cuanto tal, deformadora de su maestro, formulada a partir de una Pascua que ya no se sabe lo que es. La conciencia que Jesús tenía de sí y de su misión es inseparable de la verdad histórica contenida en la profesión de fe. Sin la verdad histórica, la profesión de fe se convierte en mito. Pues bien, el Autor escribe a este respecto: “En ningún momento [Jesús] manifiesta pretensión alguna de ser Dios… Tampoco se le condena por su pretensión de ser el ‘Mesías’ esperado… al parecer, Jesús nunca se pronunció abiertamente sobre su persona” (p. 379). Esta afirmación contradice el dato histórico recogido en el testimonio evangélico, custodiado y transmitido por la Iglesia apostólica. Jesús, en efecto, es Dios, sabe que es Dios y habla continuamente de ello.

12. Para el Autor, que Jesús sea Hijo de Dios es una afirmación “de carácter confesional” (p. 303) que no tiene su origen en el Jesús de la historia. La respuesta a la pregunta “¿Quién es Jesús?” “solo puede ser personal” (p. 463). Presentado Jesús principalmente como un profeta, no extraña el silencio sobre su concepción virginal, la afirmación sobre los “hermanos” de Jesús en sentido propio y real (cf. p. 43, n.11), la negación de su conciencia filial y mesiánica, la explicación meramente natural de los milagros (curaciones y exorcismos), o el vaciamiento de contenido salvífico del lenguaje sobre la muerte y la resurrección.

c) El valor redentor de la muerte de Jesús

13. El Autor afirma que el empeño fundamental de Jesús habría sido “despertar la fe en la cercanía de Dios luchando contra el sufrimiento” (p. 175). El rasgo principal de Dios mostrado por Jesús ha sido la compasión. Aunque se habla extensamente de este rasgo, en el libro la compasión no pasa de ser un sentimiento noble hacia los más desfavorecidos, pero no es, en sentido estricto, un padecer con ellos y por ellos, en favor y en lugar de ellos. Y es que, para el Autor, Jesús no dió ni a su vida ni a su muerte un sentido sacrificial y redentor (cf. pp. 350-351). Si Jesús no ha dado a su vida y a su muerte un sentido redentor, entonces también la compasión se vacía de su contenido originario.

14. En esta misma línea, la última cena se presenta como una solemne cena de despedida, con gestos simbólicos, cuya finalidad es que sus seguidores le recuerden en el futuro. Con el pan y con el vino realizó unos gestos proféticos, “compartidos por todos”, convirtiendo “aquella cena de despedida en una gran acción sacramental, la más importante de su vida, la que mejor resume su servicio al reino de Dios… Quiere que sigan vinculados a él y que alimenten en él su esperanza. Que lo recuerden siempre entregado a su servicio” (p. 367).

Las palabras Haced esto en memoria mía (1 Cor 11, 24; Lc 22, 21) “no pertenecen a la tradición más antigua. Probablemente provienen de la liturgia cristiana posterior, pero sin duda ese fue el deseo de Jesús” (p. 367, n. 85) 13. La cena es para que sus seguidores recuerden siempre a Jesús. “Repitiendo aquella cena podrán alimentarse de su recuerdo y su presencia” (p. 367).

d) La redención como liberación del pecado

15. La concepción reduccionista de la obra redentora de Jesucristo se descubre también en el silencio sobre la realidad del pecado. La razón de este silencio está en la contraposición establecida entre Juan el Bautista y Jesús: la misión del primero “está pensada y organizada en función del pecado… Por el contrario, la preocupación primera de Jesús es el sufrimiento de los más desgraciados” (p. 174). Eso explica que para el Autor, Satán sea un símbolo del mal (p. 98), “la personificación de ese mundo hostil que trabaja contra Dios y contra el ser humano” (p. 98). Para el Autor, hablar de “Satán” es una forma mítica de simbolizar toda forma de mal.

16. De ello se deduce también el modo en que el Autor entiende el perdón. “A estos pecadores que se sientan a su mesa, Jesús les ofrece el perdón envuelto en acogida amistosa. No hay ninguna declaración; no les absuelve de sus pecados; sencillamente los acoge como amigos” (p. 205). La conversión es irrelevante (porque “el perdón es gratuito”) y las “declaraciones” de perdón de los pecados por parte de Jesús, no se consideran auténticas, porque en esas fórmulas «Dios aparece como un “juez”» (p. 206), y no es eso lo que Jesús revela con su “perdón-acogida”. Jesús habría practicado un “perdón-acogida”, pero no un “perdón-absolución”. Por más que se hable de acogida, al final el Autor se aproxima más a una “acogida impuesta”, que hace irrelevante la respuesta libre del hombre.

e) Jesús y la Iglesia

17. Según el Autor, Jesús no tuvo intención de crear un grupo organizado y jerárquico, sino que quiso poner en marcha un movimiento de hombres y mujeres, salidos del pueblo y unidos a él, “para que ayuden a los demás a tomar conciencia de la cercanía salvadora de Dios” (p. 269). Jesús ve a todos sus seguidores como una familia (cf. p. 290). Nadie ejercerá en su grupo un poder dominante. Tampoco hay diferencias jerárquicas entre varones y mujeres (cf. pp. 291-292).

f) La resurrección de Jesús

18. Al presentar la resurrección de Jesús, el Autor, aunque afirma que es un hecho histórico y real, interpreta esta historicidad en un sentido que no es conforme con la enseñanza de la Iglesia, pues la entiende como algo que acontece en el corazón de los discípulos. Tampoco es conforme con la fe de la Iglesia su modo de entender la resurrección del cuerpo de Jesús y su explicación de la continuidad entre el cuerpo crucificado y muerto, y el resucitado (cf. p. 433). Aunque afirma que la resurrección es algo que le pasa a Jesús, se niega la referencia a su cuerpo real y se explica como la convicción de los discípulos de que “Dios le ha llenado de vida”, sin que se explique qué quiere decir con eso.

3. Conclusión

19. Teniendo en cuenta cuanto se lleva dicho, se puede afirmar que el Autor parece sugerir indirectamente que algunas propuestas fundamentales de la doctrina católica carecen de fundamento histórico en Jesús. Este modo de proceder es dañino, pues acaba deslegitimando la enseñanza de la Iglesia al carecer -según el Autor- de enraizamiento real en Jesús y en la historia. En el libro no se quiere negar esa enseñanza pero, de hecho, se muestra infundada.

20. En el origen de las cuestiones señaladas se encuentran dos presupuestos que condicionan negativamente la obra: la ruptura entre la investigación histórica de Jesús y la fe en Él, y la interpretación de la Sagrada Escritura al margen de la Tradición viva de la Iglesia. El Autor parece dar a entender que, para mostrar la historia se debe dejar de lado la fe, logrando como resultado una historia que es incompatible con la fe. El problema no está sólo en pensar que se debe prescindir de la fe para saber históricamente quién fue Jesús (éste es un prejuicio erróneo mantenido también por numerosos exegetas que se dicen católicos), sino sobre todo -dado que el libro quiere ser una “aproximación histórica”- en reconstruir una historia, a partir de un uso arbitrario de los evangelios, que resulta incompatible con la fe. Si el “Jesús histórico” que muestra el Autor es incompatible con el Jesús de la Iglesia, no es porque ésta haya inventado, con el pasar del tiempo, a un Jesús diferente del que aconteció, sino porque la “historia” que se propone es una historia falseada, aunque ésa, ciertamente, no sea su intención. El Autor se sirve en esta obra de investigaciones que mayoritariamente se encuentran fuera de la Tradición, tanto por sus presupuestos metodológicos (asumidos acríticamente), como por sus conclusiones. Los resultados a los que llega son la derivación lógica de su punto de partida.

21. La rápida difusión de la obra Jesús. Aproximación histórica demuestra que, junto a los aspectos deficientes señalados, posee otros positivos que hacen agradable su lectura. En una presentación histórica sobre la figura de Jesús es deseable que se armonice el rigor científico con el lenguaje sencillo y divulgativo. Sin embargo, cuando la apariencia de rigor oculta deficiencias metodológicas y doctrinales, la fluidez literaria causa confusión y siembra dudas. El fin de esta Nota no es otro que despejar la confusión y las dudas, y reiterar con el autor de la Carta a los Hebreos: Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo y lo será siempre. No os dejéis seducir por doctrinas varias y extrañas. Mejor es fortalecer el corazón con la gracia que con alimentos que nada aprovecharon a los que siguieron ese camino (Hb 13, 8- 9).

Nota de la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe publicada con la autorización de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española en su CCIX reunión (Madrid, 18 de junio de 2008).

 

Junio 26, 2008

Opus Dei

Su misión consiste en difundir el mensaje de que el trabajo y las circunstancias ordinarias son ocasión de encuentro con Dios, de servicio a los demás y de mejora de la sociedad. El Opus Dei colabora con las iglesias locales, ofreciendo medios de formación cristiana (clases, retiros, atención sacerdotal), dirigidos a personas que desean renovar su vida espiritual y su apostolado.

Junio 26, 2008

San Josemaría Escrivá de Balaguer

(1902-1975), fundador del Opus Dei.

Josemaría Escrivá de Balaguer nació en Barbastro (Huesca, España) el 9 de enero de 1902. Sus padres se llamaban José y Dolores. Tuvo cinco hermanos: Carmen (1899-1957), Santiago (1919-1994) y otras tres hermanas menores que él, que murieron cuando eran niñas. El matrimonio Escrivá dio a sus hijos una profunda educación cristiana.

En 1915 quebró el negocio del padre, comerciante de tejidos, y la familia hubo de trasladarse a Logroño, donde el padre encontró otro trabajo. En esa ciudad, Josemaría, después de ver unas huellas en la nieve de los pies descalzos de un religioso, intuye que Dios desea algo de él, aunque no sabe exactamente qué es. Piensa que podrá descubrirlo más fácilmente si se hace sacerdote, y comienza a prepararse primero en Logroño y más tarde en el seminario de Zaragoza.

Siguiendo un consejo de su padre, en la Universidad de Zaragoza estudia también la carrera civil de Derecho como alumno libre. D. José Escrivá muere en 1924, y Josemaría queda como cabeza de familia. Recibe la ordenación sacerdotal el 28 de marzo de 1925 y comienza a ejercer el ministerio primero en una parroquia rural y luego en Zaragoza.

En 1927 se traslada a Madrid, con permiso de su obispo, para obtener el doctorado en Derecho. En Madrid, el 2 de octubre de 1928, Dios le hace ver lo que espera de él, y funda el Opus Dei. Desde ese día trabaja con todas sus fuerzas en el desarrollo de la fundación que Dios le pide, al tiempo que continúa con el ministerio pastoral que tiene encomendado en aquellos años, que le pone diariamente en contacto con la enfermedad y la pobreza en hospitales y barriadas populares de Madrid.

Al estallar la guerra civil, en 1936, Josemaría Escrivá se encuentra en Madrid. La persecución religiosa le obliga a refugiarse en diferentes lugares. Ejerce su ministerio sacerdotal clandestinamente, hasta que logra salir de Madrid. Después de una travesía por los Pirineos hasta el sur de Francia, se traslada a Burgos.

Cuando acaba la guerra, en 1939, regresa a Madrid. En los años siguientes dirige numerosos ejercicios espirituales para laicos, para sacerdotes y para religiosos. En el mismo año 1939 termina sus estudios de doctorado en Derecho.

En 1946 fija su residencia en Roma. Obtiene el doctorado en Teología por la Universidad Lateranense. Es nombrado consultor de dos Congregaciones vaticanas, miembro honorario de la Pontificia Academia de Teología y prelado de honor de Su Santidad. Sigue con atención los preparativos y las sesiones del Concilio Vaticano II (1962-1965), y mantiene un trato intenso con muchos de los padres conciliares.

Desde Roma viaja en numerosas ocasiones a distintos países de Europa, para impulsar el establecimiento y la consolidación del trabajo apostólico del Opus Dei. Con el mismo objeto, entre 1970 y 1975 hace largos viajes por México, la Península Ibérica, América del Sur y Guatemala, donde además tiene reuniones de catequesis con grupos numerosos de hombres y mujeres.

Fallece en Roma el 26 de junio de 1975. Varios miles de personas, entre ellas numerosos obispos de distintos países —en conjunto, un tercio del episcopado mundial—, solicitan a la Santa Sede la apertura de su causa de canonización.

El 17 de mayo de 1992, Juan Pablo II beatifica a Josemaría Escrivá de Balaguer. Lo proclama santo diez años después, el 6 de octubre de 2002, en la plaza de San Pedro, en Roma, ante una gran multitud. «Siguiendo sus huellas», dijo en esa ocasión el Papa en su homilía, «difundid en la sociedad, sin distinción de raza, clase, cultura o edad, la conciencia de que todos estamos llamados a la santidad».

Junio 25, 2008

Tolerancia

 

Benedicto XVI: Tolerancia que no distingue bien del mal sería caótica y autodestructiva

 

 

.- El Papa Benedicto XVI dedicó su catequesis de hoy a San Máximo Confesor, monje del siglo VI, y a partir de sus enseñanzas advirtió que “una tolerancia que no supiese distinguir el bien del mal sería caótica y autodestructiva“.

Ante unas 14 mil personas reunidas en la Plaza de San Pedro, el Pontífice recordó que este santo fue “otro gran Padre de la Iglesia de Oriente”, que “mereció de la tradición cristiana el título de Confesor por la valentía con que dio testimonio -confesó-, también con el sufrimiento, la integridad de su fe en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre, Salvador del mundo”.

“La vida y el pensamiento del santo fueron iluminados con fuerza por un gran coraje para testimoniar la integral realidad de Cristo, sin reducciones o compromisos. De este modo entendemos cómo debemos vivir para responder a nuestra vocación, vivir unidos a Dios, para estar unidos a nosotros mismos y al cosmos, dando al mismo cosmos y a la humanidad la justa forma”, agregó.

El Papa afirmó que “el ‘sí’ universal de Cristo nos muestra claramente cómo dar el peso justo a todos los demás valores, como por ejemplo a la tolerancia, la libertad, el diálogo. Una tolerancia que no supiese distinguir el bien del mal sería caótica y autodestructiva; una libertad que no respetase la de los demás y no hallase la medida común de nuestras libertades sería anárquica y destruiría la autoridad. El diálogo que no sabe sobre qué dialogar se convierte en una palabrería vacía“.

En este contexto subrayó que todos estos valores “pueden ser verdaderos únicamente si tienen un punto de referencia que les une y les confiere la verdadera autenticidad”. Este punto de referencia es “la síntesis entre Dios y el cosmos, es la figura de Cristo en la que aprendemos la verdad sobre nosotros mismos y también dónde situar todos los demás valores, para descubrir su significado auténtico”.

“De este modo, Cristo nos indica que el cosmos debe ser liturgia, gloria de Dios y que la adoración es el inicio de la verdadera transformación, de la verdadera renovación del mundo”, añadió.

El Santo Padre recordó que San Máximo, nació en Palestina, en torno al 580. “Desde Jerusalén se trasladó a Constantinopla y de allí, a causa de las invasiones bárbaras, se refugió en África, donde se distinguió por su gran valentía en la defensa de la ortodoxia. No a aceptaba la reducción de la humanidad de Cristo”.

El Papa destacó que San Máximo “fue llamado a Roma y en el 649 participó activamente en el Concilio Lateranense, convocado por el Papa Martín I para defender las dos voluntades de Cristo, contra el edicto del emperador, que -pro bono pacis- prohibía discutir sobre esta cuestión. San Máximo seguía repitiendo sin embargo que era imposible afirmar de Cristo una sola voluntad y por eso fue sometido junto a dos de sus discípulos, ambos llamados Anastasio, a un proceso agotador”.

Tras ser acusado de hereje, “le amputaron la lengua y la mano derecha, ya que había combatido de palabra y con sus escritos la doctrina errónea de la única voluntad de Cristo. Después, el santo monje fue exiliado a Colchide, en el Mar Negro, donde murió a causa de los terribles sufrimientos padecidos el 13 de agosto del 662, a los 82 años”.

El Santo Padre subrayó que el pensamiento de Máximo “nunca fue solo teológico, especulativo, porque tenía siempre como punto de llegada la concreta realidad del mundo y de la salvación. Al ser humano, creado a su imagen y semejanza, Dios le confió la misión de unificar el cosmos”.

Junio 25, 2008

Libertad

ZS08062511 - 25-06-2008
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La verdadera libertad está en decir

“sí” a Dios, asegura el Papa

 

Al presentar la figura de san Máximo el confesor

 

 

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 25 junio 2008 (ZENIT.org).- La verdadera libertad está en decir “sí” a Dios, a pesar de que muchas veces se piensa lo contrario, aclara Benedicto XVI.

Esta fue la consigna que dejó a los 15 mil fieles que participaron en la mañana de este miércoles en la audiencia general, dedicada a presentar la figura de san Máximo, monje del siglo VI, heroico “confesor” de la fe en la voluntad humana y divina de Jesús.

Su oposición a la herejía del monotelismo –que sólo reconocía en Cristo una voluntad, la divina, negando la humana–, desencadenó la ira del emperador Constante II, que buscó hacer cambiar de opinión a Máximo con todos los medios.

Sometió al monje a un extenuante proceso, a pesar de que ya había superado los ochenta años, en el que fue condenado, junto a dos compañeros, a la mutilación de la lengua y de la mano derecha para impedirles hablar y escribir. Máximo murió dos años después, el 13 de agosto de 662.

La dura vida que soportó Máximo hace que su pensamiento se identifique sobre todo con el drama de Jesús Getsemaní, explicó el Papa a los peregrinos que tuvieron que soportar un tremendo calor. 

“En este drama de la agonía de Jesús, en la angustia de la muerte, de la oposición entre la voluntad humana de no morir y la voluntad divina, que se ofrece a la muerte, se realiza todo el drama humano, el drama de nuestra redención”, afirmó.

El Papa recogió en estas palabras la lección de san Máximo: “Adán (y Adán somos nosotros) pensaba que el ‘no’ era la cumbre de la libertad. Sólo quien puede decir ‘no’ sería realmente libre; para realizar realmente su libertad el hombre debería decir “no” a Dios”. 

“La naturaleza humana de Cristo también llevaba en sí esta tendencia, pero la superó pues Jesús comprendió que el ‘no’ no es lo máximo de la libertad humana”.

“Lo máximo de la libertad es el ’sí’, la conformidad con la voluntad de Dios. Sólo en el ’sí’ el hombre llega a ser realmente él mismo; sólo en la gran apertura del ’sí’, en la unificación de su voluntad con la divina, el hombre llega a estar inmensamente abierto, llega a ser ‘divino’”. 

“Ser como Dios era el deseo de Adán, es decir, ser completamente libre. Pero no es divino, no es completamente libre el hombre que se encierra en sí mismo; lo es si sale de sí mismo, en el ’sí’ llega a ser libre”.

“Este es el drama de Getsemaní: ‘que no se haga mi voluntad, sino la tuya’. Transfiriendo la voluntad humana en la voluntad divina nace el verdadero hombre, así somos redimidos”.

En esta lección de Máximo, concluyó, “vemos que está en juego todo el ser humano; está en juego toda nuestra vida”. 

La intervención del Santo Padre forma parte del ciclo de catequesis que está ofreciendo los miércoles sobre las grandes figuras de la historia de la Iglesia. 

 

Junio 21, 2008

Homilia Domingo XII tiempo Ordinario

Predicador del Papa: Hay que tener temor, pero no

miedo

 

Comentario al evangelio del XII Domingo del tiempo ordinario

 

 

ROMA, viernes, 20 junio 2008 (ZENIT.org).- Publicamos el comentario del padre Raniero Cantalamessa, OFM Cap., predicador de la Casa Pontificia, a la liturgia del próximo domingo.

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XII Domingo del tiempo ordinario

Jeremías 20, 10-13; Romanos 5, 12-15; Mateo 10, 26-33

¡Tened temor, pero no tengáis miedo!

 

El Evangelio de este domingo ofrece varias sugerencias, pero todas se pueden resumir en esta frase aparentemente contradictoria: “¡Tened temor, pero no tengáis miedo!”. Jesús dice: “No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma; temed más bien a aquel que puede llevar a la perdición alma y cuerpo en la gehenna”. No debemos tener temor ni miedo de los hombres; de Dios debemos tener temor, pero no miedo.

Por tanto hay una diferencia entre miedo y temor; tratemos de comprender por qué y en qué consiste. El miedo es una manifestación de nuestro instinto fundamental de conservación. Es la reacción a una amenaza para nuestra vida, la respuesta a un verdadero o presunto peligro: desde el peligro más grande, que es el de la muerte, a los peligros particulares que amenazan la tranquilidad o la incolumidad física, o nuestro mundo afectivo.

Según se trate de peligros reales o imaginarios, se habla de miedos justificados y de miedos injustificados o patológicos. Como las enfermedades, los miedos pueden ser agudos o crónicos. Los miedos agudos han sido determinados por una situación de peligro extraordinario. Si estoy a punto de ser atropellado por un coche, o comienzo a sentir que la tierra tiembla bajo mis pies a causa de un terremoto, entonces estoy ante miedos agudos. Estos sustos surgen improvisadamente, sin avisar, y así desaparecen al terminar el peligro, dejando quizá un mal recuerdo. Los miedos crónicos son los que conviven con nosotros, se convierten en parte de nuestro ser, e incluso acabamos encariñándonos de ellos. Los llamamos complejos o fobias: claustrofobia, agorafobia, etc.

El evangelio nos ayuda a liberarnos de todos estos miedos, revelando el carácter relativo, no absoluto, de los peligros que los provocan. Hay algo de nosotros que nadie ni nada en el mundo puede quitarnos o dañar: para los creyentes se trata del alma inmortal, para todos el testimonio de la propia conciencia.

Algo muy diferente del miedo es el temor de Dios. El temor de Dios se aprende: “Venid, hijos, escuchadme: os instruiré en el temor del Señor” (Salmo 33,12); por el contrario, el miedo, no tiene necesidad de ser aprendido en el colegio; la naturaleza se encarga de infundirnos miedo.

El mismo sentido del temor de Dios es diferente al miedo. Es un elemento de fe: nace de la conciencia de quién es Dios. Es el mismo sentimiento que se apodera de nosotros ante un espectáculo grandioso y solemne de la naturaleza. Es el sentimiento de sentirnos pequeños ante algo que es inmensamente más grande que nosotros; es sorpresa, maravilla, mezcladas con admiración. Ante el milagro del paralítico que se alza en pie y camina, puede leerse en evangelio, “El asombro se apoderó de todos, y glorificaban a Dios. Y llenos de temor, decían: ‘hoy hemos visto cosas increíbles’” (Lucas 5, 26). El temor, en este caso, es otro nombre de la maravilla, de la alabanza.

Este tipo de temor es compañero y aliado del amor: es el miedo de disgustar al amado que se puede ver en todo verdadero enamorado, también en la experiencia humana. Con frecuencia es llamado “principio de la sabiduría”, pues lleva a tomar decisiones justas en la vida. ¡Es nada más y nada menos que uno de los siete dones del Espíritu Santo (cf. Isaías 11, 2)!

Como siempre, el evangelio no sólo ilumina nuestra fe, sino que nos ayuda además a comprender nuestra realidad cotidiana. Nuestra época ha sido definida como una época de angustia (W. H. Auden). El ansia, hija del miedo, se ha convertido en la enfermedad del siglo y es, dicen, una de las causas principales de la multiplicación de los infartos. ¿Cómo explicar este hecho si hoy tenemos muchas más seguridades económicas, seguros de vida, medios para afrontar las enfermedades y atrasar la muerte?

El motivo es que ha disminuido, o totalmente desaparecido, en nuestra sociedad el santo temor de Dios. “¡Ya no hay temor de Dios!”, repetimos a veces como una expresión chistosa, pero que contiene una trágica verdad. ¡Cuanto más disminuye el temor de Dios, más crece el miedo de los hombres! Es fácil comprender el motivo. Al olvidar a Dios, ponemos toda nuestra confianza en las cosas de aquí abajo, es decir, en esas cosas que según Cristo, el ladrón puede robar y la polilla carcomer (Cf. Lucas 12, 33). Cosas aleatorias que nos pueden faltar en cualquier momento, que el tiempo (¡la polilla!) carcome inexorablemente. Cosas que todos queremos y que por este motivo desencadenan competición y rivalidad. (el famoso “deseo mimético” del que habla René Girard), cosas que hay que defender con los dientes y a veces con las armas en la mano.

La caída del temor de Dios, en vez de liberarnos de los miedos, nos ha impregnado de ellos. Basta ver lo que sucede en la relación entre los padres y los hijos en nuestra sociedad. ¡Los padres han abandonado el temor de Dios y los hijos han abandonado el temor de los padres! El temor de Dios tiene su reflejo y su equivalente en la tierra en el temor reverencial de los hijos por los padres. La Biblia asocia continuamente estos dos elementos. Pero el hecho de no tener temor alguno o respeto por los padres, ¿hace que sean más libres o seguros de sí los muchachos de hoy? Sabemos que no es así.

El camino para salir de la crisis es redescubrir la necesidad y la belleza del santo temor de Dios. Jesús nos explica precisamente en el evangelio que la confianza en Dios es una compañera inseparable del temor. “¿No se venden dos pajarillos por un as? Pues bien, ni uno de ellos caerá en tierra sin el consentimiento de vuestro Padre. En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. No temáis, pues; vosotros valéis más que muchos pajarillos”.
Dios no quiere provocarnos temor sino confianza. Justamente lo contrario de aquel emperador que decía: “Oderint dum metuant” (¡que me odien con tal de que me teman!). Es lo que deberían hacer también los padres terrenos: no infundir temor, sino confianza. De este modo se alimenta el respeto, la admiración, la confianza, todo lo que implica el nombre de “sano temor”.

[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina]

 

Junio 19, 2008

Eucaristía, “Jesús me ama como soy”

ZS08061915 - 19-06-2008
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Jean Vanier: En la Eucaristía, “Jesús

me ama como soy”

 

Intervención del fundador de El Arca en el Congreso de Quebec

 

 

QUEBEC, jueves, 19 junio 2008 (ZENIT.org).- La Eucaristía es el don por excelencia que ha recibido la humanidad en el que cada persona puede experimentar que “Jesús me ama como soy”, explica Jean Vanier.

El fundador de la comunidad de El Arca (http://www.larche.org) conmovió a los participantes en el Congreso Eucarístico Internacional, que se celebra esta semana en Quebec, al evocar la vivencia de la primera comunión de un niño de París con discapacidad mental.

“Tras la Eucaristía, que había sido una fiesta de familia, el tío, padrino del niño, dijo a su mamá: ‘¡Qué liturgia tan bella! ¡Qué triste que él no haya comprendido nada’”.

“El niño escuchó estas palabras y con lágrimas en los ojos le dijo a su mamá: ‘No te preocupes, mamá, Jesús me ama como soy’”.

Jean Vanier, quien está a punto de cumplir los ochenta años, hijo del Gobernador General de Canadá, fundó en 1964, en París, las comunidades del Arca, en donde personas fragilizadas por discapacidades mentales conviven con quienes deciden vivir con ellas.

Continuando con su relato, explicó: “Este niño tenía una sabiduría a la que todavía no había llegado el tío: la Eucaristía es el don de Dios por excelencia”.

“Este niño es testigo de que la persona con una discapacidad, a veces profunda, encuentra vida, fuerza y consuelo en y a través de la comunión eucarística”, añadió Vanier.

“¿No se trata de un llamamiento que debe escuchar toda la Iglesia?”, se pregunto.

En El Arca, reveló, “hemos experimentado que si prestamos atención a las necesidades más profundas de las personas con discapacidad, podemos ver su deseo de comunión en el momento de la Eucaristía”.

Vanier deseó que el Congreso Eucarístico Internacional sirva para redescubrir el “don de la amistad de Jesús en su presencia real en la Eucaristía y que tratemos de vivir todos una presencia real junto a las personas débiles y rechazadas”.

Citando a san Pablo (I Corintios 12) recordó que “los más débiles en la Iglesia, los menos presentables y aquellos a los que escondemos, son indispensables para la Iglesia y deben ser honrados”.

“Ser amigo de los pobres, por tanto, no es una opción, aunque sea preferencial -advirtió–. es el sentido mismo de la Iglesia. Los pobres, con el grito que lanzan para entablar relaciones, nos molestan. Si les escuchamos, despiertan nuestros corazones e inteligencias para que juntos formemos la Iglesia, el cuerpo de Cristo, fuente de compasión, de bondad y de perdón para todos los seres humanos”.